Florito el loco

Por Francisco Vicéns

En voz baja, misteriosa, Aníbal le dijo algo al oído a Roberto mientras éste ordeñaba la vaca, al lado de la cocina de la casa grande.
"Allá abajo en el muro de la alcantarilla está Florito".
El cuchicheo pasó de muchacho a muchacho
"Florito, ahí viene Florito".


 

Las tres muchachas salieron de la cocina comentando "ahí viene Florito". La tensión fue creciendo entre la muchachada y Florito no se hizo esperar. Caminaba lentamente, mirando al suelo, con sus ojos negros, grandes, expresivos.

Era negro, recortado al rape, bajo de estatura y  delgado. Vestía pobremente y caminaba descalzo sus únicos abalorios, un palo y un saco con sus pertenencias, llevaba una perrita blanca en su mano izquierda sujeta contra el pecho. Se acercó a la cocina y dió los buenos días. Dirigiéndose a Pura, la más grande del grupo, pidio agua cortésmente. Pura se la dió como era la costumbre, en un cacharro de avena "Quaker". Florito la tomó lentamente mientras reinaba un silencio nervioso entre el círculo de muchachos.

"Florito", le dijo Pura, esbozando una sonrisa de burla, "ese reloj pulsera le debe haber costado caro". . . Florito llevaba un reloj de juguete en la muñeca izquierda, con una correa plástica azul, un reloj "Mickey Mouse".

La respuesta no se hizo esperar. Levantó el rostro, encendidos los ojos y contestó a boca de jarro, como una retrahila de quincallero:
"Cinco centavos. Y a usted, ¿cuánto le costó la chambra, las zapatillas, la abotonadura y el traje?"
Los muchachos callaron. Pura se quedó boquiabierta, entre avergonzada y sorprendida.

Florito devolvió el cacharro de avena, dió media vuelta y siguió su camino por la carretera. Dicen que se lo llevó una creciente del Rio Cialitos, lo encontraron ahogado. La perrita blanca al lado de su cuerpo, la perrita que según decía Florito, era hija de él y de una culebra.

Arte por Angel M. Rodríguez
 
 
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