Alrededor de una personalidad y una vida: Francisco Curet Oquendo "Farina"

Por  Carlos Lozada Salgado

Un paraje surcado de vegetación, pero de vegetación productiva, como el cafeto, el tabaco, los frutos menores y hasta el arroz; en la época de principios de siglo, el año 1912 para ser más exactos, es donde y cuando nace un virtuoso y laborioso varón. Son los parajes de Pozas. Esa es su cuna. Don Higinio Curet y doña Gregoria Oquendo son sus progenitores. Cristianamente lo bautizan como Francisco. Luego en la zona urbana recibe el bautismo cariñoso de Farina.

Farina lo seguiremos llamando. Y no podía responder en otra forma quien hizo muy popular el cariñoso apodo. En sinónimo de jovialidad y sano humorismo. De alegría a mandíbula abierta. De alto sentido de humanitarismo y de una recogida y silenciosa espiritualidad.

A la temprana edad de doce años, su aventurera alma busca refugio en la zona urbana de nuestro pueblo. Había terminado la instrucción que se ofrecía en sus contornos rurales. Una privacidad académica que la producían las circunstancias imperantes. Los maestros que podían reclutarse eran también unos héroes. Un relevo de andar a pie, cruzar quebradas, ríos, usando mulas y caballos, y muchas veces entrecortando ramas de cafeto en el curso del trillo trazado por el andar a pie de los vecinos y el acarreo de los cosechos; habiendo salido el domingo bien temprano en la tarde, para llegar hasta la mejorcita vivienda del barrio que le servía de hospedaje; era una rutina no muy agradable que semanalmente acometían los encargados de la enseñaza.

Los parajes de Pozas Gato, Cedro, Cascana, Llanadas y Manicaboa, ubicación de la vida infantil de Farina eran de este tipo. El maestro rural de aquella época se desempeñaba como cartero, comisario de barrio, misionero, consejero y trabajador social. Eran tareas de por el lado como se suele decir. Concomitancias de una responsabilidad profesional. ¡Tantos títulos y horarios adicionales sin sueldo, valían más que la paga como profesor! Indu-dablemente, la satisfacción de ser útil siempre es más recompensable que la obligatoriedad de recibir una paga por un servicio.

Pero ya tenemos a Farina en el pueblo. A la edad de doce años. Se instala en el hogar de una altruista familia. Don Secundino Lamoso y su esposa Doña Isabel son su anfitriones. Lo tratan casi como hijo adoptivo. Doña Isabel, que es una experta en la confección de dulces lo escoge como su distribuidor ambulante. En esos menesteres estuvo hasta la edad de 17 años. Los adolescentes y hasta adultos gozaban cuando escuchaban el ajibarado pero de acento vibrante y comercial pregón de Farina: "Dulces, llevo dulces, si los dulces hechos por doña Isabel".

Sus faenas en este negocio le abonan cierta seriedad como trabajador, aunque le aislaban de adquirir instrucción académica. Esto último, quizas fue obstáculo para escalar posiciones intelectuales pero no lo fue para adquirir éxito en su habilidad comercial. Su afecto y apego al trabajo le convirtió en una personalidad donde cosechó logros y satisfacciones en su vida adulta. Sus profundas raíces de responsabi-idad para ese trabajo honrado, son aditamentos dentro de su personalidad que más tarde se traducen en aires de prosperidad.

Su aventurero espíritu y su fe arraigada en sentimientos de visión promisoria le inquietan a trasladarse a la ciudad capital. Ya es el año de 1929. El Ciclón de San Felipe había visitado nuestra isla, a Ciales y a Pozas también. Pero no fue este acontecimiento lo que le incitara a su mudanza a la capital. Era la atracción de aventura a una edad donde todo se ve color de rosa. ¿Por qué no a Farina? Allá fue a tener con su caudal de responsabilidad y amor al trabajo. Con almacenadas inquietudes que llevaba desde Pozas y Ciales.

En la capital se unió al grupo de revendones en carritos ambulantes ofreciendo lo que la ciudadanía anhelaba: frutas, verduras, vegetales. Ya tenía territorio casi exclusivo y su figura muy conocida en las calles del Viejo San Juan hasta extenderse a Puerta de Tierra, Miramar y el Condado. Su habilidad comercial iba en ascenso y siendo reconocida.

A esa habilidad le unía su seriedad, simpatía y honestidad. Su responsabilidad trascendía para con sus clientes y los parroquianos. Son características que le abren surcos para un tuturo prometedor. Entre sus clientes se encontraban familias de gran valía social y económica. Dueños de joyería como los hermanos Cobb Gorbea, Naveira y otros van conociendo de su pericia, honradez y responsabilidad. No tardó mucho en ganarse la admiración de estas familias que lo motivaron en el negocio de joyería. Y surge al instante un Farina de altos quilates.

Un paréntesis para ocuparnos de Farina como güirero. Empieza a chasquear al instrumento vegetal desde casi su infancia. Sus horas de ocio son las predilectas para la práctica. Velorios cantados, Fiesta de Cruz y de Mayo, navidades y actos sociales de la estrata a que pertencía son en efecto los comienzos de sus presentaciones artísticas. Todo dentro del más intenso anonimato. Pero iba refinando su oído y su arte en la ejecución. Para la capital cargó con su güícharo y allí los adoquines y la loza pudieron sonreir al paso de Farina, su carrito y su mercancía.

En su nueva personalidad como joyero ambulante, el instrumento casi pasó a ocupar un sitial retirado pero nunca olvidado. Su determinación se vuelca en entusiasmo y organiza un grupo musical para ofrecer servicios durante los fines de semana, días feriados, fiestas familiares y ocasiones especiales. Centros culturales y fiestas patronales contrataban su grupo musical. Plazas, teatros, cines, escuelas, casinos y otros centros sociales fueron escenarios donde Farina y su Grupo dejaron rasgos de firme estrellato musical. Prueba y manifestación de ello lo fueron cuando el Ateneo de Puerto Rico solicita del Centro Cultural de Ciales, en dos ocasiones la presencia de Farina y su Grupo para deleitar la Docta Casa y sus miembros en actividades especiales. El maestro Pablo Casals tuvo la oportunidad de escucharlos y elogió la virtuosidad de Nicanor Zayas al cuatro y de todo el conjunto, incluyendo al güirero.

El año de 1971 significa mucho para Farina. El Centro Cultural de Ciales concibe la idea de celebrar el Primer Duelo Nacional del Güiro. Un certamen artístico por invitación, al que concurrieron como jurado e invitados de honor una pléyade de intelectuales puertorriqueños, quienes se deleitaron con Farina, tales como Leopoldo Santiago Lavandero, Ernesto Juan Fonfrías, Salvador Tió, Ramón Collado (autor del arreglo de La Borinqueña en forma de himno), Nathaniel Soltero y su hija Maritza, que fue la madrina del acto y ostentaba el título de Señorita Puerto Rico, Isabel Cuchí Colí, el Dr. Arana Segnet, el laureado compositor don José Antonio Monrozeau y el amigo y compañero de faenas docente—administrativas Jesús M. Santaliz. Farina agarró su giliro y con el respaldo de sus compañeros de conjunto se proclamó el Rey del Güiro de Puerto Rico. En esa tarde dominical del mes de marzo del setenta y uno queda esculpida la figura de Farina como uno de los inmortales cialeños.

El Instituto de Cultura Puertorriqueña acoge con beneplácito la idea de Ciales. Adopta celebrar anualmente el certamen del Rey del Güiro. Farina en la primera ocasión concurre y gana el evento en el nivel de clasificación. Pero desafortunadamente no llega primero en el acto final celebrado en el Teatro Tapia. Un error de oido le ocasionó la pérdida de su título. Pero lo recuperó más tarde en Guayanilla. Reivindicado, se retiró de los concursos. El Teatro Tapia, el Ateneo de Puerto Rico, el Casino de Puerto Rico, el Centro de los Dominicos, plazas municipales, cines, teatros y aulas escolares se veían privadas de ser escenarios de Farina y su Grupo.

Vamos entrelazando en este escrito dos facetas en una persona. El de un joyero de negocio ambulante y más tarde con negocio establecido y el de un musíco güirero. El negocio de joyería ambulante era un campo virgen en ese tiempo dentro de la actividad comercial. Farina lo viste de elegancia con un maletín de cuero en las manos. En unas manos callosas que identificaban a un ciudadano labrador en el pugilato del vivir diario. Del vivir decente dentro de sus ocupaciones y huyendo del ocio. Identificado con el progreso, pero del progreso que señala dignidad exenta de arrogancia. Del maletín de cuero pletórico de joyas hay un ascenso al establecimiento de su negocio propio. Un negocio en la calle principal de nuestro pueblo con el respaldo de los exclusivistas joyeros de la capital. Sus inquietudes de niño y adolescente se convierten en realidad. Ya es propietario. A la vez un músico reconocido como rey. El Rey del Güiro en la década de los setenta.

¿Disloques en su vida? Sí, los hubo. Fue un bohemio y ¿por qué no incluirlo en esta semblanza? En la bohemia han figurado gran-des artistas, escritores, políticos hasta miembros de la realeza. En esta transfiguración de su vida perdió tiempo y fortuna pero nunca su personalidad. Esta permanecía inalterable y sus inquietudes siempre le retumbaban para levantarse y demostrar la hombría de ser suficiente para sostener su hogar y caminar con la frente erecta para enfrentarse a sus responsabilidades. Si sufría, nadie puede dar fe de ello. A nadie le confiaba sus sufrimientos, pero si les confiaba lo feliz que se sentía y mucho más cuando caminaba con su güícharo enfundado y al que le dio también categoría de salón, sin tener que imitar a Toribio.

Trabajó mucho y descansó poco. Por sus manos pasó mucho dinero, pero dejó poco o casi nada... En una evaluación de estos factores podríamos señalar a Farina como un despreocupado del futuro. Así lo era. Vivía honradamente el presente y tal parece que ese presente siempre fue futuro en su vida. En mirada retrospectiva recordamos a Farina tocando el güícharo dentro de su negocio y cantando sus canciones favoritas, entre ellas El Zorzal y los tangos de Gardel, irradiando alegría a todo un pueblo que se paseaba por la acera de su negocio.

Al terminar su faceta como joyero con negocio propio casi no nos dimos cuenta. Pero conservaba agilidad y continuó trabajando, esta vez, usando su auto dedicándose a la compra de metales preciosos. Ya para esta época su güiro descansaba en silencio, con mudez absoluta, en un apreciado rincón de su hogar. La inactividad de Farina y su güiro se acentúa, pero él sigue dando demostraciones de valor moviéndose en su auto y haciendo transacciones comerciales.

Nosotros, sus amigos, la ciudadanía completa, estábamos ajenos al grave dolor físico que estoicamente venía soportando. ¡Sólo Dios y su familia conocían de tal valor y tales determinaciones! Y al igual que su güiro, se nos fue en absoluta mudez y silencio. Sin súplicas materiales, pero con preces de fidelidad de lo Alto. Tal parece que quería dejar una estela de probada suficiencia personal para ejemplo a la sociedad y muy en particular para sus hijos. Para demostración de lo que era capaz ante los que le conocieron de cerca. Con tal resignación y prueba de valor le estaba diciendo a nuestro Dios que con igual valor esperaba continuar laborando y presto a cantar la Gloria en las Alturas aunque con él no le acompañara su güícharo. Que tuvo sus debilidades, pero que su Fe nunca se rindió. Nosotros le añadimos: el güiro no le acompañaba, pero sí llevaba un simbólico ramo de virtudes; buen hijo, buen esposo, mejor padre, gran amigo y útil ciudadano.

Al oirse el nombre de Farina después de su partida, no dejará de asociarse al chasquido real de un güícharo. Se trasluce la figura de un jíbaro de ébano en posiciones de retorcijones, mímicas, gestos y bailes al compás de "chis—qui que chis—quis" que salen de su güiro en manos virtuosas. Una eufórica fanaticada gritando con júbilo ¡ese es…ese es…ese es!...Sí, lo fue. Y seguira siéndolo mientras lo recordemos como aquel FARINA DE POZAS—CIALES que fue REY DEL GÜIRO en la década de los setenta. Su bastón real lo era un güiro que pudo ser una joya en su negocio, pero lo fue en el sentir de todo un pueblo.

Doña Tomasa, Héctor, Felícita, Luis y Juan perdieron a un esposo y padre respectivamente, Ciales y Puerto Rico perdieron un rey. Farina y su güiro pasan a ser un pedazo de la historia de Ciales. Por eso, la Admi-nistración Municipal de Ciales, el Instituto de Cultura Puertorriqueña y el Programa de Fomento Artesanal y la Sociedad Arqueológica CIBA, recientemente le rindieron un homenaje.
 
 
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